¿Es Dios la naturaleza misma o un Ser distinto y superior a ella?
Por: Q:.H:. Dr. Jesus Enrique Lossada.
Copia inédita del Libro “Obras Selectas del Dr. Jesus Enrique Lossada”, editado por la Ilustre Universidad del Zulia en 1992, éste, tomado de su obra “ESCRITOS FILOSOFICOS Y POLITICOS 1911/1948. Editorial Patmo.
Con mediana intensidad, nos hemos adentrado en la vida Profana, Política y Masónica de este Prelado y máximo exponente de la Literatura Zuliana del siglo XX, pero muy poco en su obra filosófica, la cual la expone, tanto en el Libro citado, como en la mayoría de sus poemas. Hoy tomamos, el primer Artículo (Pag. 3 a 9), para que analicemos en nuestro Taller, los conceptos que él tuvo, acerca del G:.A:.D:.U:. Y para tener un rayo de luz, del pensamiento que lo llevó a escribir tan interesante, Artículo, al concluir, narro el porque, cita a los diferentes Filósofos que analizó en el desarrollo de su andar filosófico.
Desde las épocas más remotas, este abstruso y trascendental problema ha roído la mente de los hombres dedicados al estudio de las cuestiones filosóficas; él es la cumbre de la filosofía, cumbre aún no escalada por el cóndor de la inteligencia, erotema irresoluble quizás porque deja al espíritu humano detenido por la limitación en el pórtico de lo infinito.
En el estudio de los problemas cosmológicos, según afirma Kant, el espíritu llega a las mas grandes contradicciones; tales son las antinomias, la primera de las cuales se refiere a los límites del mundo: “Tesis: el mundo tiene principio en el tiempo y es limitado en el espacio; antítesis: el mundo no tiene principio en el tiempo ni límite en el espacio: es eterno e infinito”. Sobre tan elevados puntos deben ser cautas nuestras afirmaciones y conviene seguir, por el momento, el antiguo sistema de Protágoras, sosteniendo a la vez el pro y el contra de la tesis hasta llegar a una conclusión razonable que se acerque lo más posible a la verdad. Este es el método más natural y más acorde con las leyes de nuestro espíritu, como nos lo demuestra el análisis del acto voluntario: allí vemos que la razón se divide y no es sino después de comparar motivos y móviles, opuestos cuando el espíritu formula su determinación. Basados en estos raciocinios, nosotros estudiaremos el problema en sus dos fases: Dios es la Naturaleza misma; Dios es un ser distinto y superior a la Naturaleza.
Esta proposición es la fórmula del panteísmo, sistema inventado por el filósofo eleático Jenófanes, que existió 450 años antes de J. C. Afirmaba Jenófanes que Dios es el ser único; eterno, inmortal e inmutable que constituye el Universo y a quien suponía la forma de una esfera. Es, en el fondo, la misma doctrina que en los tiempos modernos levantó Spinoza de Ámsterdam y sostuvieron, entre otros, los filósofos Hegel, Fichte, Krause, Schelling, y Cousin. Sus argumentos son bien conocidos; por eso nos abstendremos de exponerlas, limitándonos a hacer algunas consideraciones.
“Que haya un solo momento en que nada sea, eternamente nada será”, piensa Bossuet y, efectivamente, la nada es la negación de toda causa; es imposible donde no puede originarse la existencia; de esta se infiere que, habiendo algo, es indispensable que algo haya existido de toda eternidad. Aquí se funda la prueba de la existencia de Dios como ser necesario; pero a nosotros nos parece que sobre el mismo cimiento se puede levantar el edificio de Jenófanes, en efecto: Se afirma que la nada, nada puede producir; pero es la verdad que existe algo, ¿de dónde ha provenido entonces? Antes del mundo (apartamos el dualismo) sólo hay la nada y Dios; y por consiguiente, si el mundo no ha podido salir de la nada, tiene que haber salido de la sustancia de Dios. ¿Se nos dirá que la omnipotencia divina pudo formar el mundo ex nihilo en un acto de creación? Creéis apelar a la omnipotencia y no apeláis al absurdo. Al decir que Dios formó el mundo de la nada, lo que hacéis es disfrazar la idea y fingir no conocerla con la máscara, puesto que vosotros mismos afirmáis que la nada no produce nada por sí, de modo que no es ella el agente productor; el concepto de la omnipotencia no altera en lo más mínimo el concepto de la nada, y la unión de ambos conceptos no es más que un pretexto que de ningún modo explica la creación del mundo. Además, siendo Dios un ser infinito en todos sus atributos, lo es también en el atributo esencial de la existencia y de aquí se infiere que la nada es solamente una hipótesis de nuestro espíritu. La existencia de Dios es tal que excluye la no-existencia; la nada es una contradicción o, cuando menos, un límite de la existencia en Dios, porque la nada es una no-existencia absoluta que se opone a la existencia absoluta. Si la nada existe, Dios no es Dios; si Dios es Dios, la nada no existe y DIOS ES TODO. Si Dios existe, la nada no existe; si la nada no existe, con mayor razón, la naturaleza no ha podido salir de la nada sino de Dios, que es lo único y todo lo que existe y ella forma con él en la idea de existencia; luego la NATURALEZA ES DIOS Y DIOS ES LA NATURALEZA MISMA.
Balmes dice que el Dios del panteísmo es una contradicción viviente como que encierra en sí lo finito y lo infinito, y, según él, lo contradictorio no le conviene porque Dios sería entonces un conjunto de absurdos. A nosotros nos parece que bien pueden no ser absurdas estas contradicciones aparentes, sino incomprensibles arcanos que abruman la razón. ¿Buscáis un ejemplo? – Examinad la segunda antinomia kantiana y allí, al ver lo infinito encerrado en lo finito, quedaréis absortos. ¿Buscáis otro ejemplo?- Según los escolásticos, la materia es el ser incomprensible que no cambia; la conocemos únicamente por la forma, pero la materia en sí misma es idéntica y constituye el fondo de las cosas. Las substancias fertilizadoras de la tierra transforman en planta la semilla, la planta se reduce a combustible, el combustible se reduce a fuego y el fuego se reduce a gases y cenizas que seguirán transformándose sin agotarse nunca porque la materia, así como no ha salido de la nada, no puede reducirse a la nada. La cantidad de materia ha sufrido, pues, metamorfosis varias, pero siempre continúa integra bajo las diversas manifestaciones de la forma que la reduce en acto. Lo que no cambia es permanente; la materia, que no varía en cuanto es materia, varía en cuanto es forma y la materia no se comprende sin la forma ni la forma se comprende sin la materia, y, sin embargo, la materia que no cambia da la forma que cambia: por tanto, la materia cambia en la forma y tenemos un ser que es permanente y al mismo tiempo cambia, que es uno en esencia y al mismo tiempo múltiple en las manifestaciones; y si lo admitimos eterno que, siendo permanente cambia y, siendo uno, se multiplica y desenvuelve en una idea intima: Dios.
Continuamente se dice que el panteísmo encalla en la conciencia humana porque ésta confirma la distinción del yo y se opone a la unidad de substancia. Nos atrevemos a replicar que tal vez esto sea debido a la coacción que la materia ejerce sobre nuestro espíritu, restringiéndolo, encerrándolo como una caja hermética; y quizás si al romperse con la muerte los lazos que de tal modo lo sujeta, se destruya la conciencia del yo, confundiéndose así éste con el espíritu universal. La trasmisión hipnótica de la voluntad y el pensamiento nos arguye también que no tiene ninguna imposibilidad la fusión de los espíritus.
Se debe al filósofo alemán Krause la mejor exposición del panteísmo: Hay dos infinitos relativos, cada uno en su orden: el Espíritu que corresponde al mundo espiritual y la Naturaleza que corresponde al mundo físico; los seres finitos se hallan con ellos en comunidad de esencia, los espíritus son al Espíritu como los cuerpos a la Naturaleza; el Espíritu es distinto de la Naturaleza y la Naturaleza es distinta del Espíritu, pero ambos tienen comunidad de esencia con el Ser que identifica en la unidad a la Naturaleza con el Espíritu, formando de este modo el infinito absoluto.
II , DIOS ES UN SER DISTINTO Y SUPERIOR A LA NATURALEZA
Todo efecto supone una causa y esta supone igualmente una causa anterior y así de causa en causa, el pensamiento boga en el frágil esquife del yo hasta perderse en el océano inmenso de la Causa sin causa, del Principio sin principio… He aquí el ser que la humanidad conoce con el nombre de Dios, ser soberano, absoluto, infinito, autor del Universo y Pensamiento del Mundo. Para demostrar su existencia, Clarke dispone todas las pruebas conocidas enlazándose recíprocamente y Janet, piensa que semejante método es el más propósito porque tales pruebas “no son más partes, momentos de una misma demostración”. Estas pruebas pueden ser físicas, metafísicas, morales y estéticas; las principales son: el ser necesario (prueba de Clarke), la razón suficiente (prueba de Lebnitz), el primer motor (prueba de Aristóteles), las causas finales (prueba de Bossuet), los grados de excelencia (prueba de Santo Tomás, demostración a priori (prueba de San Anselmo y Descartes), el consentimiento universal (argumento de Plutarco) y la prueba de Kant, procedente de la ley moral”.
San Anselmo dice en su Prologismo: “Dios es por esencia un ser tal que no puede concebirse ninguno mayor, a saber. Ahora bien, ese ser no puede existir sólo en el entendimiento, pues si existiera sólo en el entendimiento se podría concebir otro mayor; a saber; el que existiera no sólo en el en el entendimiento sino también en la realidad, y éste sería el mayor”. El ingenioso argumento de San Anselmo, aunque parece un tanto arbitrario, fue ratificado por la autoridad de Hegel y bastó a satisfacer el espíritu filosófico del gran Descartes.
El macrocosmos incluye dos órdenes de seres contingentes: el orden espiritual y el orden físico; el orden espiritual no puede ser causa del orden físico, ni éste puede serlo del orden espiritual y, por tanto, hay que subir a una causa superior que tenga en sí misma la razón de la existencia: Dios.
La naturaleza es un conjunto de asombrosas maravillas que no caben en el espíritu del hombre; cada gota de agua, cada grano de arena es un enigma bastante a confundir la razón de la humanidad entera; la naturaleza es un laboratorio de transformaciones estupendas, una enciclopedia de ciencia, una prodigiosa obra de arte y una inagotable poesía…¿Quién será el autor de tantas maravillas? Vosotros admiráis la obra ¡Pero volvéis las espaldas al Sabio, al Artífice, al Poeta! Lo encubrís con el pseudónimo de vuestra ignorancia o vuestra mala fe, pero su nombre es ¡Dios!.
Creeríais vosotros si os dijesen que la Basílica de San Pedro se formó por una casual combinación de materiales, que la Envida se hizo por una casual combinación de letras? Seguramente no lo creeríais. Entonces ¿cómo es que admitís que el Mundo se formó por una casual combinación de átomos? Si no admitís un San Pedro sin Miguel Ángel ni una Envida sin Virgilio, ¿cómo es que admitís un Universo sin Dios?.
El plan de la naturaleza supone un ordenador; su admirable desarrollo a través de los tiempos sin término supone un ordenador; su admirable desarrollo a través de los tiempos sin término supone una ciencia infalible. ¿Y os atrevéis vosotros a sustituir ese ordenador y esa ciencia infalible por las absurdas concepciones de acaso y cualidad? Un acaso que ordena y una casualidad solo caben en la cabeza de los locos. Habrá quien diga que así parece porque estamos acostumbrados a ver las cosas en el campo de nuestra limitada inteligencia; pero a ese tal le diremos que es una insensatez inaudita pretender racionar de un modo contrario a la razón, esto no es elevarse sobre el nivel común, sino pasar de largo con un risible gesto impertinente vanidad.
¡El acaso, después de haber formado el mundo, lo gobierna con la mayor regularidad; por acaso los astros recorren siempre sus órbitas “con precisión matemática”; por acaso el sol sale siempre en el Levante y se oculta al Occidente; por acaso los hombres de todos los tiempos y todos los lugares han poseído, poseen y poseerán la maravillosa luz de la razón; por acaso las leyes del mundo no cambian nunca; el estupendo mecanismo no se altera jamás!...
“¿Por qué los ojos están en la parte superior de la cara? Por casualidad, dirá el ateo. De suerte que podrían estar en cualquier otra parte del cuerpo. ¿Por qué, pues, no salen muchas veces en la barba, en el pescuezo, en el pecho, en el vientre, en las piernas, en los pies, en la espalda o en la cima de la cabeza? Si todo es casualidad, si no hay una inteligencia que haya cuidado de ponernos los ojos en el lugar donde están; delante para que nos guiasen, en la parte superior para que descubriésemos mejor los objetos. ¿Por qué no nacen repetidas veces en otras partes del cuerpo? Siendo todo casualidad, resulta que tener los ojos en el lugar conveniente, es un negocio de lotería..”* ¡Vaya casualidad!
La materia bruta no puede ser causa de la razón humana: he aquí otra prueba evidente, porque Dios, al pasar por la naturaleza, dejó los rastros de su inteligencia en los cerebros de los hombres. Se halla suficientemente demostrado que la unidad del pensamiento no puede reconocer por causa una sustancia compuesta como la materia; las fibras nerviosas, las circunvoluciones del encéfalo, la substancia gris, etc., no son sino medios donde se desarrolla ese fenómeno incomparable, pero no sus causas. Los argumentos del materialismo están ya refutados y sus hipótesis no tienen representación ninguna en la corte aristocrática de la filosofía. La inteligencia del hombre supone, pues una inteligencia una causa superior a ella: la inteligencia divina.
La verdad y la justicia son conceptos que ilustran la razón, pero no productos suyos: aun cuando los hombres dejaran de ser, la verdad y la justicia continuarían siendo por toda eternidad y como éstos son conceptos de la inteligencia, suponen una inteligencia absoluta.
Si Dios no existiera el orden universal seria un absurdo y la naturaleza un caos; la moral no tendría objeto; la razón humana sería una luz producida por la misa obscuridad y el universo un conjunto de contradicciones.
Semejante cuadro repugna a la razón que se rebela y clama: DIOS ES UN SER DISTINTO Y SUPERIOR A LA NATURALEZA.
* Balmes, Filo. Elem. Pag. 386
Hemos terminado nuestra corta exposición apologética de ambos sistemas filosóficos: el que supone a Dios como un ser idéntico a la naturaleza, la naturaleza misma, y el que supone a Dios como un ser distinto y superior a la naturaleza.
El panteísmo, no pudiendo explicar el origen del mundo, lo diviniza para descartarse el problema; el teísmo trata de explicarlo por medio de la Creación y si no lo alcanza es porque ese punto está más allá de nuestra inteligencia finita. Observaremos, sin embargo, que el primer sistema tampoco resuelve la cuestión sino que incurre en los más graves absurdos, de los cuales está exento el otro; en consecuencia, nos decidimos por este último.
