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1945 CXXXIII Aniversario

1945 CXXXIII Aniversario

Discurso de orden pronunciado por el Q.'.H.'. Dr. Jesús Enrique Lossada, en la Logia Regeneradores N° 6, el 24 de Junio de 1945, con motivo de la celebración del Solsticio de Verano y el Aniversario CXXXIII.

Siguiendo un rito secular, la respetable Logia . Regeneradores No. 6 celebra una vez más el solsticio de estío la fiesta de la luz que asoma por las puertas más elevadas del cielo, portae inferí de los antiguos cosmólo­gos, que simbolizaron el infierno en el ardor de la canícula, en la energía cálida y radiosa de don­de dimana la vida en sus ingen­tes formas.

Hermosa ocasión ésta en que los profanos que, inquiriendo la verdad, tantean en la incertidumbre, pueden salvar los dinteles de esta casa hermética para vis­lumbrar las luces estivales del es­píritu y guarecer sus errabundas inquietudes bajo el alero acogedor del templo de la fraternidad humana.

Los profanos que aquí se alle­gan vienen de todos los rumbos del horizonte, han transitado por las más opuestas rutas, portan sus alforjas mentales atestadas de las más diversas creencias, han vivido talvez las más re­cias luchas ideológicas: no im­porta, siempre hallarán en este universal albergue paz para sus agitados pensamientos, reposo para su agotador peregrinaje, suave alfombra para sus plantas heridas por el áspero cansancio del camino.

Un poco desorbitados, los ojos neófitos mirarán grecas geomé­tricas de triangules, escuadras y compases, que nada comprensi­ble les expresa; observarán for­malismos e indumentos que juzgan acaso caprichosos; se sen­tirán detenidos por linderos de secretos simbolismos de que la Orden ha hecho acopio durante su trayectoria milenaria; pero de­trás de toda esa ornamentación, de misteriosos símbolos, de alusiones leyendarias y de extrañas ritualidades, detrás de toda esa complejidad desconcertante, está, el tesoro moral que la Francma­sonería conserva y vigila entre el vaivén de las olas de los siglos, entre el flujo y reflujo de las ma­reas políticas, entre el alba y el ocaso de las sociedades: es el te­soro ético de la fraternidad, la to­lerancia, la igualdad, la beneficen­cia, la libertad, el progreso, y co­mo síntesis de todos esos precio­sos elementos, el ideal del bien general, del bien de los hombres, de los pueblos, de la humanidad entera. Nadie de recto juicio ne­gará su apoyo a semejantes postulados. Quienes de buena fe han combatido y combaten a la Ma­sonería, no es porque rechacen sus elevados principios, sino o porque no confían en la sinceridad de la Institución que los profesa o porque han sido mal informa­dos sobre la pureza de sus fines. Podría argüirse que para practi­car esos principios generosos no se necesita ingresar a la comuni­dad masónica; esto, en rigor, es verdad, pero también lo es que las fuerzas son más eficaces cuando actúan coordinadas que cuando actúan aisladamente, que la Masonería es una organiza­ción cosmopolita con una dilata­da y gloriosa historia, y que es casi imposible que en ninguna otra Institución, que en ninguna secta con fisonomía propia, pue­dan aglutinarse como en ella las voluntades, porque todos los que piensan haber conquista­do la verdad definitivamente, de­sean imponer a fortiori sus con­vicciones, lo que va contra la Libertad; se consideran superiores por el privilegio de su absoluta certidumbre, lo que riñe con la igualdad; se constituyen en per­seguidores de los que no com­parten sus cerradas opiniones, lo que es incompatible con la tole­rancia y la fraternidad. Para nuestra Orden, la verdad es el progreso.

Hombres de todos los colores y matices religiosos caben en el seno de la Francmasonería, siem­pre que se despojen de la comba­tividad sectaria y antihumana y del extremismo conceptual, que ensordece y aísla. ¿Y cómo es po­sible esta función de creencias he­terogéneas? Porque la Orden ma­sónica sólo contempla un míni­ mum metafísico, un punto alto, culminante, a donde puedan con­verger todos los credos, como convergen los radios en el centro de la circunferencia. Este míni­mum metafísico es el Gran Arquitecto del Universo, es decir el concepto de Dios como prísti­na causa universal, concepto con el cual pueden coincidir todos los creyentes del orbe y, junto con ellos, los pensadores que en el abismo de lo desconocido pre­sienten una razón primaria .ante­cedente del mundo y forjadora de sus eternas y admirables " leyes.

Prué­balo así la historia de las luchas por la liberación de los hombres y países oprimidos, por el reco­nocimiento y la estabilidad de los derechos aherrojados. En esas cruentas luchas áureos timbres de honor ha retenido en todo tiempo la Orden Francmasónica. Puede afirmarse como verdad rotunda, que ha sido ella la ma­dre de la democracia y la fragua de la libertad. De sus Logias y Talleres han surgido en todas las épocas los valerosos caballeros que han cortado con su flamígera espada la cabeza del monstruo renaciente de la tiranía. Y no ha habido excepción a este gallardo empeño redentor en el mundo contemporáneo, en el mayor atentado contra la dignidad huma­na que acaba de poner en trance de muerte la civilización moderna. De sus columnas salió sereno, sonriente, pero duro con la firmeza del diamante, Franklin Delano Rooseveít, para cortar el vuelo vertiginoso de la svástica, para retener el arrollador empuje de las huestes diabólicas en ca­mino de desolar la tierra. El ilustre francmasón, moderno reden­tor de la cultura, la justicia y el derecho, cuya sonrisa de bondad irradia desde el Oriente Eterno, siguió la tradición del padre de su gran Patria, el inmortal Liber­tador del Norte. Iniciado en Frederiksburg, Washington perma­neció fiel a los principios de la Francmasonería hasta la muerte, que lo encontró ejerciendo como Venerable Maestro de su Logia. De él son estas palabras que bas­tan para atraer hacia la Augusta Orden el aprecio y el respeto de los hombres sensatos: "Extender el área de la felicidad pública, es el grandioso objeto de la Institu­ción Masónica".

Mientras haya sobre e! haz de la tierra miserias que remediar, injusticias que corregir, disiden­cias que armonizar, oprimidos que hacer libres, la Francmasone­ría tendrá un hermoso y altruista misión que cumplir, y, como la alta fulguración del sol desde el solsticio de verano, su prestigio irradiará, vivificando las concien­cias, iluminando la moral cristali­zada en hechos y vapulando las sombras del crimen, de la opre­sión y de la intolerancia.

Por las puertas del infierno de la luz se entra al cielo de verdad.

Señores.

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