2010 Día Masónico Nacional .
Discurso de Orden leído por el Q.·. H.·. Édixon J. Ochoa B., a propósito de la celebración de los 260 años del Natalicio del Generalísimo Francisco de Miranda y del Día Masónico Nacional.
FRANCISCO DE MIRANDA: PATRIARCA DE LA FRANCMASONERÍA, MAESTRO DE LA LIBERTAD.
“No las piedras duras, robustos leños, ni artificiosos muros forman las ciudades; mas dondequiera que hay hombres que sepan defenderse por sí mismos, allí están las fortificaciones, allí las ínclitas ciudades” . Así llegó una vez a expresarse en vida el ilustre prohombre a quien honramos ahora en su natalicio. Hago mención de estas sonoras palabras para hacerlas mías, como quien desespera en entender la magna responsabilidad de disertar ante un nutrido auditorio sobre el marco existencial y la colosal obra y pensamiento del Precursor de la Independencia, del Maestro de Libertadores, del Padre de la Americanidad Hispana, y así permitirme recordar a vosotros que la fuerza, el poder de las grandes civilizaciones, de las grandes naciones, no reside en lo portentoso de su estructura física y material, sino en la esclarecida edificación que constituye cada uno de los ciudadanos que la configuran. Así lo entendió Miranda y por ello, por saber que en los ciudadanos en los cuales creía estaba el destino de la libertad, fraguó su ideario político y emancipador para sembrarlo en los fértiles campos de la vasta extensión hispanoamericana.
Así pues, ante la actitud de admiración y regocijo de cada uno de nosotros, se erige el altísimo legado de aquel insigne criollo nacido en Caracas un 28 de marzo de 1750, día que el santoral consagra a San Juan de Capistrano, Confesor y Patrono de los Jurisconsultos, y a los Santos Doroteo y Cirilo, Mártires. Día en el cual las aguas bautismales dan la bienvenida a Sebastián Francisco de Miranda Rodríguez.
No es mera coincidencia que en este glorioso día naciera un hombre que cultivó, sin ser jurista, el conocimiento legítimo y profundo del derecho desde sus raíces en la Roma antigua para beneficio de la patria nueva que anheló forjar una vez apartara las esquirlas del vetusto y despótico imperio español. No es casualidad exigua que ese hombre sufriera el martirio de la prisión como el delincuente que no era, para terminar ofrendando su vida el 14 de julio de 1816 como quien ofrece un holocausto al dios de la libertad. Menos resulta casual que su primer nombre, Sebastián, al derivarse del latín signifique “Digno de respeto, venerable, augusto” , y su segundo nombre, Francisco, se traduzca del italiano en “franco, libre” , porque la figura de Miranda fue, sigue siendo y seguirá siendo espléndida pieza de augusta veneración, de reverencial presencia, y son su nombre, vida y obra emblemas y signos de libertad. Sus noches de desvelos giraron en torno a la libertad, hermosa palabra que a nosotros acude para resguardar en su seno el pensamiento, la palabra y la acción.
Y es aquí donde entramos al abordaje de Miranda como el insigne francmasón del cual nuestra Augusta Orden, nuestra patria y nuestro continente se enorgullecen y dignan en presentar como inteligible figura de inspiración para el individuo con ansias de conocimiento, progreso y superación; porque no se entiende que, aún en nuestros tiempos, se cuestione seriamente la filiación masónica de Miranda cuando existen referencias históricas y documentales al respecto.
Miranda fue uno de los ideólogos principales y destacados de la independencia de Venezuela e Hispanoamérica, por cuanto su pensamiento político y sus concepciones acerca de la ética se manifestaron en una doctrina masónica laica y tolerante, crítica y de unión, sin dogmas religiosos ni políticos. Miranda se hallaba convencido de la francmasonería como una escuela forjada para cultivar el amor a la libertad, y por ello crea una masonería con objetivos políticos, basada en la solidaridad y el secreto del tratado, lo cual la separaba de la filosofía sustentada por la francmasonería universal.
La mayoría de los historiadores coinciden en establecer que Miranda se inició en los augustos misterios de la francmasonería en 1783, en una logia de Filadelfia, y apadrinado por el Marqués de Lafayette. En 1785 recibió el grado de Compañero en Londres y en 1797 recibió el grado de Maestro en París. Sus visitas a talleres en varios países como Noruega, Suecia y Bélgica se constatan en los 63 volúmenes de Colombeia , su diario personal que recoge sus periplos así como sus ideas forjadas y acciones emprendidas a lo largo de 40 años de lucha independentista. Así mismo, su participación en la actividad masónica le permitió mantener contacto con las personalidades más notables del mundo para entonces conocido, a través de las logias europeas y norteamericanas.
La filiación masónica de Miranda lo hizo víctima de las intrigas políticas del Comité de Salvación Pública en 1793, salvándose milagrosamente de la guillotina tras la caída de Maximilien de Robespierre, aunque debió huir a Londres. Años después, en 1797, participa Miranda en una asamblea que concluye con la firma del Convenio de París, donde se le encomienda la tarea de representar al movimiento emancipador hispanoamericano ante los gobiernos de Inglaterra y Estados Unidos, de allí su viaje a través de Europa para entrevistarse con quienes podrían brindarle apoyo internacional en su gesta emancipadora.
En 1798 Miranda abandona definitivamente Francia por problemas políticos, y se establece de nuevo en Londres. Para ese momento formaba parte del Supremo Consejo de París y con el apoyo material y moral de éste, además de su autorización, funda ese mismo año en su residencia londinense la “Gran Reunión Americana”, creada según las referencias históricas como “un organismo social desde el que partirán las instrucciones para la unificación de los esfuerzos en la acción a desarrollar en América para lograr su emancipación” .
En dicha logia, conocida también como la “Gran Logia Hispanoamericana”, aglutinó a varios revolucionarios de América Latina para organizarse y luchar a favor de la emancipación de las colonias hispanoamericanas como Bernardo O’Higgins, quien tuvo la misión de llevar propaganda revolucionaria a Chile, Bajarano a Guayaquil y Quito, Baquijano a Lima, Juan Pablo Fretes a Chile y José Cortés de Madariaga, quien permaneció en Caracas aún cuando se dirigía inicialmente a Chile.
El trabajo de la “Gran Reunión Americana” repercutió notablemente en América. Como respuesta a sus ideas los iniciados hispanoamericanos convinieron en enviar como emisarios ante Miranda al venezolano José del Pozo y Sucre y al chileno Manuel José de Salas, quienes pondrían bajo sus órdenes a todos aquellos que compartieran el ideal de independencia para los pueblos del continente. A fin de facilitar la transmisión de dichas ideas, acordaron crear logias revolucionarias y políticas en los países de Hispanoamérica y trabajar en ellas por la independencia, la libertad y la justicia.
Fue así como a partir de 1800 se fundaron agencias o agrupaciones filiales o subordinadas a la “Gran Reunión Americana” como extensiones de ésta en Cádiz, Caracas, París, Madrid, Buenos Aires, Mendoza y Santiago de Chile. Las mismas recibieron el nombre de Logias “Lautaro” o Logias de Caballeros Racionales y tendrían un objetivo político: “…trabajar con sistema y plan en la independencia de América y su felicidad, obrando con honor y procediendo con justicia” , con la subsiguiente instauración de un gobierno republicano, libre y de elección popular. Dicho nombre para las logias fue tomado del Cacique Lautaro (1534 – 1557), destacado líder y estratega militar mapuche del siglo XVI que luchó contra la opresión de su etnia en Chile durante la colonia.
La primera logia mirandina se fundó en Cádiz, España, en 1801 con el nombre de Logia “Lautaro”. En Madrid se funda otra filial en 1807, y en 1810 nace la “Sociedad Patriótica” en Caracas, fundada y liderada por José Cortés de Madariaga junto a Juan Germán Roscio y Francisco Javier Ustáriz. Años después, en 1812, surge por iniciativa de Juan Evangelista González y Camilo Torres, ambos agentes mirandinos, la “Escuela de Cristo”, génesis de la Logia “Regeneradores” Nº 6.
En 1812, José de San Martín, Carlos María de Alvear y Julián Álvarez fundan la Logia “Lautaro” de Buenos Aires, surgiendo también en Tucumán una logia lautarina de la mano de Manuel Belgrano. En Chile, la masonería mirandina fue introducida por Bernardo O’Higgins, quien funda la Logia “Lautaro” de Santiago el 12 de marzo de 1817 tras la victoria militar de la Batalla de Chacabuco. Al mismo tiempo, estableció filiales en Perú, el Alto Perú (actual Bolivia) y la Banda Oriental (actual Uruguay), donde se constituyó la Logia “Caballeros Racionales” de Montevideo en 1814, de la mano de Carlos María de Alvear, y que luego tomó el nombre de “Caballeros Orientales”.
La masonería mirandina tuvo una aplicación directa a la política, lo cual supuso una gran diferencia con respecto a las logias francmasónicas de Europa y Norteamérica. Los Caballeros Racionales, cómo se hacían llamar los masones mirandinos, realizaban una ceremonia de iniciación semejante a la convencional, además llevaban a cabo una instrucción adicional donde se disertaba acerca de las ideas de la Revolución Francesa y la necesidad de liberación de las colonias hispanoamericanas, y se efectuaban juramentos de corte político. La simbología, las fórmulas y los grados se ejecutaron de manera aparente. Indudablemente, la institución masónica mirandina fue una obra personalizada de Miranda. Él la concibió y dirigió, erigiéndose como su Gran Maestre.
En lo que respecta a su estructura organizativa, una logia lautarina se componía de dos cuerpos: la Masonería Simbólica y la Masonería Superior. La primera constaba de los tres primeros grados: el grado de Aprendiz, que comprendía el trabajo en pro de la independencia americana; el grado de Compañero, que abarcaba la profesión de fe democrática; y el grado de Maestro, otorgado sólo a quienes sobresalían por su capacidad intelectual así como su amor por la libertad y la causa de la emancipación hispanoamericana. La segunda, la Masonería Superior, actuaba de manera más ardua y profunda en la política. Así mismo, su estructura jerárquica estaba conformada por un Presidente, dos Vicepresidentes, dos Secretarios para Norteamérica y Suramérica, respectivamente, un Orador y un Maestro de Ceremonias.
La conducta de los masones mirandinos dentro y fuera de logia se caracterizaba por la severidad y la subordinación Dentro de la logia el trato entre los masones era de “hermano” y, fuera de ella, de “usted” . Las determinaciones del taller debían sostenerse, lo cual se cumplía bajo solemne juramento. La fraternidad, la solidaridad, la acción mancomunada y todo el trabajo de la logia se enfilaban al cumplimiento de su principal objetivo, para lo cual debían manejarse todos los resortes del poder y exigir la voluntad y los derechos del pueblo.
Cuando un profano era propuesto para ser admitido en la logia era indagada su conducta, y su entrada sólo era posible mediante el voto positivo de las dos terceras partes de sus miembros. Tras la iniciación se asumía, entre otras, la obligación del auxilio y protección mutua en caso de conflicto. Un Caballero Racional debía al menos observar silencio cuando la opinión de otro hermano suyo contrariaba la opinión pública, pudiéndolo apoyar cuando la favorecía.
Un hermano con inasistencias voluntarias a las tenidas era declarado inhábil por un tiempo prudencial. A la hora del debate, los Caballeros Racionales podían opinar libremente sobre un asunto en discusión, previa concesión por parte del Presidente del derecho de palabra, ninguna moción era discutida sin apoyo y cuando lo obtenía se votaba positivamente al levantar la mano derecha, aquietándose ambas manos al votar negativamente.
Así pues, mediante las logias lautarinas, el ideal mirandino irrumpió también en el pensamiento religioso del incipiente siglo XIX e influyó en las acciones revolucionarias para emancipar a las colonias españolas en el continente americano, forjando de esta manera la idea de una Hispanoamérica libre, republicana y unida. Por otra parte, la significación de Miranda en la historia y obra francmasónica nacional va mucho más allá de ser el introductor de la misma en nuestro suelo, reflejándose tangiblemente en la fundación de la Logia “Francisco de Miranda” Nº 73 de Tucupita en 1929, para homenajear al gran héroe. Varios años después, el 12 de enero de 1950, la Gran Logia de la República de Venezuela decreta el 28 de marzo como Día Masónico Nacional. Es de resaltar que este mismo año Miranda fue reconocido oficialmente como masón, en especial por los historiadores, gracias a unos documentos históricos conservados en el Gran Templo Masónico de Caracas que permitieron comprobarlo y que, lastimosamente, se calcinaron en el infausto incendio de la estructura en 1990.
No es de extrañar que Bolívar, en 1826 recordara a Miranda, el héroe de su juventud, como “…el más ilustre de los colombianos” . Esto se confirma al comprender su papel como uno de los altos protagonistas de las tres colosales y transformadoras revoluciones de la humanidad (la estadounidense, la francesa y la suramericana), todas ellas preconizadoras de los principios de libertad, igualdad y fraternidad proclamados por la francmasonería, y prodigiosamente difundidos por Miranda mediante la eficaz creación de la masonería lautarina.
Triste y desgraciadamente, cuando los venezolanos pensamos en Miranda, visualizamos al prisionero del Arsenal de las Cuatro Torres de La Carraca, allá en la distante Cádiz, tan finamente plasmado por el pincel multicolor de Arturo Michelena, y al presunto traidor que vendió la patria al enemigo por unas monedas. Imagen por demás falsa, favorecida gracias al ultraje que el ruin Monteverde cometió contra la honrosa capitulación que el bravo guerrero republicano ofreciera para la salvación de la patria desangrada.
Así pues, a 260 años de la venida al mundo del Precursor de la Independencia, resulta ostensible librarlo de su falaz encierro, de esa Carraca de indolencia, abandono, maledicencia e insensata saña que los propios venezolanos hemos procurado para el hombre que portaba el fuego sagrado en el alma, fuego que alumbró cual oriental lumbrera los inmarcesibles pasos de su patria al templo de la libertad.
¡Salve eterna, salve redentora, salve mítica, Ilustre Hermano Francisco de Miranda!. ¡Vuele estrepitosa y pujante tu magna obra, envuelta en el manto de la libertad, desde el Río Grande hasta la Tierra del Fuego!. ¡Recúbrate el Heraldo de la Fama de la merecida gloria y te sitúe ante el sublime sepulcro que en el Panteón te espera, cual augusto trono, para erigirte a la diestra del Padre Bolívar como egregio centinela de la América, sagrada patria, corazón y mansión de la pléyade libertadora!. ¡Por los siglos de los siglos… Así sea… y así será!.
Muchas gracias.
